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¡Oye, profundo eco! Prehistoria de la escuela de mùsica de la Universidad del Valle




La verdad, si es que existe, es la sumatoria de todas las experiencias captadas a través de los infinitos ojos de la Humanidad. Las percepciones de un mismo hecho desde muchos puntos de vista, teniendo en cuenta además la incertidumbre natural de tu mascota y la percepción de los mil observadores que miran cada uno una arista de ese evento, que podrían dar opiniones similares o quizá contradictorias; todas esas experiencias sumadas, son el caos de la torre de Babel de la verdad mirándose al espejo. Y esto es un pedacito de esa verdad. Fuimos siete hermanos. Mi mamá para darse un respiro enviaba uno o dos donde mis abuelos y casi siempre yo era uno de ellos. Pasaba las vacaciones y los fines de semana en una casa solitaria con jardín y solar y un sótano que funcionaba como bodega. Desde niño me gustó la música y me encantaba sobretodo la “música larga” que saboreábamos con gusto mi tía Luz María y yo en unas tardes de verano y desprograme. Repetíamos una y otra vez los mismos discos de pasta que giraban vertiginosos como la vida.Temíamos que el número de las obras dignas de oír fuera limitado y que pudiéramos agotar el repertorio en menos de dos semanas. Y después ¿el vacío? Lucho Bermúdez y Pacho Galán en 78, boleros y rocanrol alardeando de decibeles en casas distintas, radio Reloj y el reducido espectro de las emisoras recorriendo el dial y deteniéndose en esos cánones electro acústicos que producen la estática en onda corta y las explosiones del viento solar más allá de las estrellas.


El Teatro San Fernando era una fabulosa hipnoteca donde podías vivir mil mundos inimaginables dependiendo del sábado en que compraras boleta para la función vespertina. La biblioteca visual renovaba la cartelera los viernes de cada semana. Cambiaban los fotogramas en el cartel de la entrada. Los afiches que anunciaban las películas me dejaban perplejo y no dejaba de mirarlos todo el día. Iba solo a cine los domingos. No se puede soñar en compañía.A veces veía dos películas de terror en función vespertina y a la salida me tocaba atravesar la noche de regreso a casa, cagado del susto, mirando de reojo los jardines oscuros. Imaginaba peligros agazapados en las sombras que ‘proyecta el oscilante alumbrado eléctrico. La dentellada inesperada de una vampira delicuescente. La avidez de un mordisco succionando la yugular. El temor de sufrir una abducción intergaláctica, una indeseable metamorfosis inducida por contagio. Pasaba todo el tiempo recorriendo en silencio la casa solitaria de mis abuelos. En una de sus dos bibliotecas veía gesticular las pinturas del Bosco. Ojeaba y hojeaba libros que me gustaría leer y comprender. Había un sótano con una viga en el techo en forma de cumbamba de caballo y un árbol en el solar que se desperezaba luchando toda la noche contra el viento. Ese viento de agosto que cantaba como un coro aullando en la enramada. Ese viento, que venía de Buenaventura y hacia gemir a los árboles en la calle. Ese viento como un coro de mil voces aullando de dolor y anunciándole al mundo el final de los tiempos. A veces lerespondía con mi voz y tergiversando su melodía modificaba su queja. Encontré que cantar era una forma de lograr que la música cobrara sentido. Oí en una ocasión a un violinista de esos que van a los colegios a lucirse con su instrumento y creo que me convenció porque quise estudiar música, dedicarme a sonar “música larga” como Brahms, como Beethoven, como Camilo Saint Saëns. Pero el mundo se me había adelantado. Un vecino polaco tocaba acordeón. Las campanas vibraban a lo lejos alarmando al atardecer. La radio desgarraba el silencio con tremenda algazara en arameo tropical. Las motos, los carros jadeaban abriéndose paso entre el bosque de automotores rugientes y el enjambre de pitos. La puerta que cruje al cerrarse, que se carcajea al abrirse. Los relojes de cuerda quemastican el tiempo midiendo el silencio. Las cucharas, los platos, los cerrojos, llaves jugando a los súcubos. Dos perros ensayando un canto a dos voces en la casa de al lado. El viento gimiendo. La ambulancia nocturna yéndose con un alarido. Una algarabía casi inevitable. El Mundo nunca ha sido mudo. Si no cantan los pájaros suenan las radiolas. Gritan las vecinas. Rechinan las ruedas. Y pitan de nuevo los autos. Un festival de timbres enloquecidos para la voluptuosidad auditiva de Pierre Schaeffer. No me explico la razón, pero el canto coral me conmovía. Y las ocasiones de oír un buen coro en esos días eran más bien precarias. Mi hermano Carlos y yo improvisábamos cantando a dos voces e inventábamos músicas escénicas para ambientar películas imaginarias. ¿Qué sentido puede tener esta vorágine de percepciones que evoca atropelladamente la memoria? Más tarde siendo estudiante de secundaria cuando iba camino al colegio, no podía evitar escanear el paisaje y filmarmentalmente la vertiginosa metamorfosis del tiempo como si tratara de dilucidar el enigma del ser y la razón de mi estar en el mundo. A unas veinte cuadras de allí en el Salón de Ensayos del naciente Departamento de Música la Universidad del Valle en San Fernando, el profesor Léon J. Simar, dirigía El réquiem para Don Cualquiera o el Drama de Daniel, una Cantata dramática o una pieza de teatro musical del Medievo y yo lo ignoraba. Tiempo después supe que unos compañeros de colegio cantaban en el coro que dirigía el maestro Simar. Tenían unas voces timbradas y graves. Los oí hablar de Simar con muchísimo respeto. Uno dijo que era como si el mismo Beethoven se hubiera venido a trabajar a Cali. Bueno. Nadie lo hubiera notado.El profesor Miguel Toledo daba clases de música en mi Colegio. Seleccionaba cantores para darles adiestramiento y potenciar sus voces para engrosar las filas del Coro Magno de la Universidad. Una vez a finales de octubre acompañé a mis amigos a un ensayo general en el cuarto piso del bloque del edificio de Básico. Ellos insistían en que debía conocer al Maestro Simar. La verdad, nunca había visto un ser que tuviera el poder de transformar voces humanas en un ejército de gargantas angélicas, como si un coro de mil voces aullara de dolor anunciándole al mundo el final de los tiempos. Cuando dirigía, dominaba con la mirada la muchedumbre coral y a un solo gesto de su mano surgía de la profundidad del abismo un cavernoso sonido en crescendo, el vértigo de encontrarnos con la revelación del más inefable de todos los prodigios. . No podía creer que me permitieran escuchar los ensayos desde la barrera, oír cómo se ensambla el engranaje armónico, comose pulen las aristas de la melodía que vibra en cada cuerda. Hacer que las voces se amen y sus ecos se entretejan, que empiece a marchar la homofonía heroica hacia el vigoroso acorde final. Gracias a mi obsesión por la Muerte elegí estudiar medicina, no porque quisiera curar la enfermedad, sino porque quería investigar la decadencia de los organismos vivos.


No podía desaprovechar la oportunidad de espiar de cerca a esa vieja enemiga. Quería saber por qué un ser que respira y cuya mano está caliente se convierte en una estatua de mármol rígida, indiferente. ¿Cómo colapsa un organismo en tan solo una fracción de segundo? ¿Y qué es lo que experimenta el moribundo cuando se despide para siempre de la Plaza de Caicedo, de la Avenida Roosevelt, del Estadio Olímpico Pascual Guerrero? Me inscribí en la Facultad de Salud, presenté el examen, salíen la lista de admitidos e inicié juiciosamente mis estudios de Medicina. Iba a clases durante el día en el edificio de Básico, donde en el último piso había salones con piano y tablero de pentagrama. En las clases de Química no podía escribir una fórmula de una reacción sin imaginar el colapso de partículas como una conflagración estelar que arrasaba en un incendio cósmico mundos, civilizaciones, lenguas criptográficas, poesías arcaicas inapreciables. Tomé como clase electiva “Historia de la Pintura” con la profesora Sofí de Vega. El ciclo arrancaba con Jacques Louis David y la pintura de la época Napoleónica y terminaba en el expresionismo alemán y sus influencias. James Ensor, Edvard Munch, esa gente. Desde el salón alcanzaba a escuchar a los alumnos practicando en el piano dos pisos más arriba. Algunas veces subía a presenciar los ensayos, a conversar tímidamente con el Maestro, cuando no estaba ocupado. Era muy buen lector de poesía colombiana. Podía traducir el textode una canción polaca y hacerla rimar en un español elegante. Fabricaba su propia tinta indeleble para que una canción escrita no se borrara jamás ni en la mitad de un naufragio. Esculcando los estantes de la biblioteca de la Universidad en San Fernando, encontré difuntos con quien dialogar, tomaba libros en préstamo y muy pronto todo ese sector de la biblioteca era territorio conocido. Estudiaba Biología con verdadera

pasión. En las noches redactaba una novela en una libreta de pasta dura y hojas amarillentas, usando una tinta de notario color sepia, la misma tinta que una pelada de enfermería usaba para tomar apuntes. Se llamaba “La Noche detrás de los espejos”. La novela, no la pelada. Una compañera me dijo a la salida de clase que me iba a mostrar una cosa. ¿Qué? Sacó de su bolso arahuaco durante una fracción de segundo, un libro rojo de Mao como si fuera un enigma. Quería que lo leyéramos en la intimidad. Otra me invitó a una sesión de los sábados para leer el Capital y desde entonces temí que se me acercara una valquiria para invitarme a la lectura de “Mein Kampf”. Jamás pensé que me iba a tocar caminar sobre el campo minado de las ideologías, cada una inspirada en un libro distinto. En el segundo semestre tomé “Historia de la Música” con tan buena suerte que al final del curso había perdido por completo el interés por el arte de Esculapio y toda mi alma se inclinaba por dedicar mi vida a explorar el mundo del sonido. Ingresé al Departamento de Música dirigido por el Maestro Léon Jota Simar. Mucho después supe que emigró desde Bélgica luego de la atroz carnicería de la Segunda Guerra Mundial. Y vino a Cali, trabajó en el Conservatorio cuando Antonio María Valencia estaba vivo y fue invitado por Álvaro Thomas a dar conferencias en la Facultad de Arquitectura. Desde allí en San Fernando, fue naciendo la idea crear una Escuela de Formación Integral para jóvenes músicos. Fundó el Coro Magno de la Universidad para tener la oportunidad de hacer buena música con el presupuesto y los precarios elementos que la casualidad pone a nuestra disposición. Si Albert Einstein hubiera elegido la misma ruta y aterrizando en Cali se hubiera planteado la idea de fundar un Centro de Física Teórica donde pudieran ingresar estudiantes interesados en dilucidar la equivalencia entre masa y energía, necesitaría discípulos que no permanezcan indiferentes a nte una estrella

que orbita un agujero negro súper masivo en el centro de nuestra galaxia. Y en Cali nadie tampoco se hubiera enterado. Igual podría decirse del proyecto de Departamento de Música del Maestro Léon J. Simar. Y la sumatoria de todas las experiencias vitales almacenadas en la memoria a través de los ojos de los alumnos que ingresaban al naciente Departamento de Música podría llenar muchísimos anaqueles y darnos una idea de la riqueza que produce la biodiversidad de las percepciones humanas. Alberto Guzmán venía de Santa Rosa de Cabal y traía expectativas y formación diferente a las de Carlos Montoya, que vino desde Buga y desertó de la Arquitectura para ingresar a música. Rodrigo Gil o de Edgar Gallego tenían también una trayectoria y su particular manera de querer organizar el sonido. Es posible que entre todos nosotros no se encontrara el perfil del alumno ideal, aunque el horizonte cultural de todos estaba basado en la experiencia tonal pero cada uno quería lograr una meta diferente. Y con cada nuevo ingreso se potenciaba la multiplicidad de puntos de vista y de influencias ejercidas por el medio. Pero algunos, yo, por ejemplo, éramos completamente analfabetas en la materia. Como si alguien que quisiera estudiar literatura tuviera que empezar por la eme con la a, ma y la cartilla de lectura. La verdadera educación musical debiera empezar con la escuela primaria para que el estudiante universitario tuviera un habla musical fluida, una muy buena comprensión de lectura melódica, un manejo decente de la sintaxis musical y las manos adaptadas al ergonómico comportamiento de la armonía tonal. Lo otro era enseñar a balbucear a unos adultos que tenían que aprender a medir intervalos puros e ignorar la atracción gravitacional que gobierna las leyes internas de la escala diatónica. Eso lo entendimos en un momento del proceso de aprendizaje con el oído del alma, pero aparecieron en su orden los bemoles y los sostenidos que inauguraban otros planos tonales, pero amenazaban schönberguianamente con aparecer en desorden.


El profesor Simar además de enseñarnos a analizar con oído critico algunas piezas fundamentales del repertorio universal, nos ponía en contacto con todos los lenguajes vanguardistas del siglo XX, nos familiarizaba con las danzas de la Suite barroca, nos daba a conocer obras de Ginastera, Villalobos, Carlos Chaves. Destacaba como músicos dignos de atención a Blas Emilio Atehortúa, Antonio María Valencia, Jacqueline Nova. Nos hizo oír obras de Stockhausen, Penderecki, Luigi Nono, Luciano Berio. No era de ninguna manera un músico estancado en una estética decimonónica sino alguien que, sin dejar de conservarnexos con la tradición, era capaz de usar con naturalidad el lenguaje de Olivier Messiaën. Algún tiempo después descubrí que el Maestro Simar daba una atención personalizada de acuerdo con las aptitudes de cada estudiante. A uno lo instaba a estudiar los cuartetos de Haydn siguiendo la partitura. Hacía oír a otros la Octava Sinfonía de Dvořak siguiendo la partitura orquestal. A Álvaro Gallego lo puso a estudiar una Sonata de Jean Absil. A Sulamita de Harf le proponía progresiones armónicas cromáticas en el teclado. A los roqueros que aporreaban el piano les contaba la acumulación de quintas paralelas. A un estudiante chileno lo acompañó en el piano mientras cantaba El rey de los elfos. Constanza Riveros, una pianista casi rubia de ojos azules, grandes, que venía de Buga, había sido concebida, según me contó entre carcajadas, debajo de un piano de cola. Vivía en la Escuela de Música de doña Carmen Vicaría de Escobar, su abuela, que además de pianista, dirigía orquesta y tenía una biblioteca de partituras cien veces más grande que la guardaban los estantes del Departamento de Música de laUniversidad. Doña Carmen fue el hada protectora de los primeros judíos que llegaron a Buga huyendo de la locura que devoraba a Europa: Don Julio Ákerman, el papá de Ricklia y de Moris, entre ellos. Carlos Montoya, los Arellano, César Iván Potes, Constanza y muchos otros de los buenos músicos que venían de Buga fueron alumnos de doña Carmen. Otros eran estudiantes del Conservatorio Antonio María Valencia y muy pronto llegamos a ser tantos que nos tocaba conocernos en el espacio del Coro. Comenzamos a ensayar El Réquiem Litúrgico para presentarlo como parte del programa de fin de semestre y participar en ese montaje prometía ser una inolvidable experiencia. El estudio del idioma musical requiere dedicación y práctica. Uno no aprende a leer si no canta todo lo que se le atraviese enel camino, si no inventa melodías balbuceando tímidamente en el terreno, abriendo un camino melódico e implicando toda el alma en el momento de cantar. No nos pongamos a definir la naturaleza del alma. Si hubiera dicho “poner todo el corazón” ningún cardiólogo pediría explicaciones. El estudio debe ser continuo, diario, sin pausa, un entrenamiento cotidiano donde nunca se deja de experimentar el canto o la meditación melódica. Cantar en grupo es un evento inefable. Quien nunca lo ha hecho no puede entender cómo se gesta el pensamiento musical. Cada uno debe ser a responsable de la exactitud de lo que canta. En una sala de ensayos se intersectan momentáneamente los destinos de cantores y ejecutantes, todos uniendo sus voluntades para crear una fantasmagoría sonora que se desvanece con cada sonido, siendo y dejando de ser en cada instante. Como la muerte. Como la vida. Eso no parece importante para un economista. Un psiquiatra querría meter la mano en las brasas para descifrar los deliriosde los músicos, ese asunto que no le produce insomnio al gremio de los ingenieros. Los sordos de profesión que son legión, ni siquiera se dan por enterados. Los viernes habían empezado a enloquecerse. Después de la última clase, entrábamos a vacaciones de fin de semana y era indispensable exprimir a cada minuto la quintaesencia del goce. Se sentía en el ambiente un incremento del voltaje anímico, se aceleraba el pulso y todas las voluntades entraban en un frenesí que iba en crescendo para desembocar en la rumba más estridente. A las dos cervezas ya estaba mareado y abandonaba mi voluntad a la ley de la gravedad. Eso les pasa inevitablemente a todos los borrachos y a mí no me gusta que el piso se mueva. Ya tengo bastantes problemas para tener que lidiar también con la inestabilidad del terreno. Y los Rolling Stones y sus amplificados alaridos vibrando sin permiso en mi esófago y mis intestinos. ¡Cómo aliviaría mi alma escuchar un contrapunto de Guillaume de Machault! Y entonces una mano en la oscuridad comienza a acariciarme la cabeza como si yo fuera una mascota y no un extraterrestre que intenta recuperar el equilibrio desmadejado a la orilla de un sofá. La mano no estaba unida a la cabeza que imaginaba. Me levanté en cámara lenta y abandoné la fiesta. Caminar en la noche transgrediendo la geometría del paisaje. Y regresar malhumorado atravesando mi barrio a las dos de la mañana para lavarme los dientes y dejarme caer en el abismo del más profundo de los sueños, en el pozo abismal del inconsciente. A las nueve de la mañana del sábado siguiente erraba buscando la dirección del garaje donde celebraban el ritual de la lectura de Das Kapital. Ya me sentía extraviado hasta que la compañera Doris apareció detrás de una reja y yo desaparecí detrás de una puerta. El auditorio parecía muy interesado en ese asunto: de una mercancía se determina por la cantidad de trabajo gastada en su producción, cuanto más perezoso o torpe es un hombre, tanto más valiosa será su mercancía, porque aquél El “Si el valor necesitaría tanto más tiempo para fabricarla.” Eso es obvio. tiempo es oro también para ellos. El Estado debe subsidiar a una muchedumbre de hombres torpes y perezosos para producir lo mismo, más caro, en muchísimo más tiempo.


¿Qué diría Marx si un artista emplea una semana en imaginar el tema, dos en encontrar el carácter de lo que se va a decir, cuatro horas en definir la exposición y tres semanas en imaginar el puente? ¿esa obra de ese músico perezoso y torpe tiene un valor incalculable? “Sin embargo, el trabajo que genera la sustancia de los valores, es trabajo humano indiferenciado, gasto de la misma fuerza humana de trabajo” Que pena, pero no es la misma fuerza humana del trabajo y cuando gasto mucho tiempo haciendo algo que me gusta me toca subsidiarlo con sangre. Y lo hago con un gusto enorme. Fabricar buen vino lleva muchísimo tiempo. Todos los sábados a las doce del día una hilera de zombis aletargados hacía cola en la taquilla del Cine Club de Andrés Caicedo. en el Teatro San Fercho. Ahí estaban mis amigos de Ingeniería obsesionados con estudiar todas las novelas de Dostoievski. Leían una distinta cada semana e intercambiaban los libros, usaban patronímicos para todos sus adláteres, Simon Davidovitch Perezki, Miguel Petrovitch Dominski, Elena Grigorovna Kordovezki. Para entrar en el grupo había que comenzar leyendo Los Endemoniados o en su defecto Los hermanos Karamasov. Aceptaron que leyera Crimen y Castigo. Los que entraban en el Cineclub eran casi todos conocidos como si fuéramos el elenco de una obra de teatro complicadísima, con innumerables personajes y que nadie imagina si tendrá un final trágico o feliz. Hubo ciclos de Aldrich, Bergman, Sam Peckinpah, Billy Wilder, François Truffaut, Fellini, Buñuel, Antonioni, Hitchcock, Kubrick, Godard. Asistir al cineclub casi me parecía una actividad académica obligatoria. Detestaba las balaceras interminables del ciclo de western con tantos muertos y heridos. En medio de tanta sangre, la muerte pierde completamente su significado. Debo confesar que ir a cine me encanta. Es una forma elegante de soñar. Pero soñar que vivo en un western con esa aridez y ese calor y esa necesidad de estar disparando a toda hora. Y no parece que nadie en el Lejano Oeste tuviera un tema interesante de conversación. Creo que me gustan las tramas un poco más complejas. La tarde del sábado hubo intentos de reanudar la efervescencia del viernes, pero me puse de acuerdo conmigo para gozar de la intimidad de mi dormitorio. El domingo vi con mis propios ojos, cómo la literaturalatinoamericana estaba marcando una huella profunda en la cotidianidad colombiana. Una interminable tempestad de flores de guayacán comenzó a caer desde temprano bloqueando la entrada de los garajes, cubriendo los techos y las bancas de los parques, sofocando a las bestias que habitan el territorio y obligando a barrer muchas veces los andenes y los jardines. Una estudiante de química que había salido a trotar, estuvo levitando sobre los techos del barrio y ascendió a los cielos como si en fracción de segundos pasara del estado sólido al gaseoso. Hubo un atardecer de antología, completamente Max Factor, donde no se escatimó en iluminación, ni en maquillaje. Y nevaron sin pausa las flores de meta catalpa dejando nevadas las calles, mil cardúmenes de ángeles surcaron el cielo nocturno de Cali y ese viento, que viene de Buenaventura se puso a hacer gemir a los árboles en la calle. Ese viento como un coro de mil voces. estuvo aullando de dolor toda la noche, anunciándole al mundo los primeros segundos del final de los tiempos. Necesito urgentemente mostrarte una cosa. ¿Qué? A la pobre se le aceleró la respiración. Buscamos un lugar sin cámaras de vigilancia y con la velocidad de un rayo le mostré el volumenprimero de El Clave bien temperado de mi líder Político Supremo: Juan Sebastián Bach. Si él me dice que ataque el pasaje de sextas destacando la melodía descendente, lo haré. Si él me pide que desplace la mano con la mayor economía de esfuerzo, que en la forma de pulsar las teclas podemos encontrar la relación de producción del buen sonido. Si el propone agudizar las contradicciones entre disonancias cromáticas hare que mis dedos militen activamente en la estructura ergonómica del teclado para arrancarle el gozo al stretto de una fuga. Me miró como se mira a un loco. Todavía creo que anda hablando mal de mí. Un lunes amanecieron los salones y los edificios bloqueados, sin acceso a clase, ni libertad de cátedra, obligados todos a estar de acuerdo con un paro decidido en asambleas, donde el megáfono de los oradores enardece a las multitudes y una marejada de bocas abiertas como un inmenso coro de furor arcangélico precipitan el rugido colectivo a las profundidades del abismo.Extraña liturgia donde el celebrante, que es el orador de turno, ordena agudizar las contradicciones para precipitar los acontecimientos, generar la insurrección para tomarse el poder a corto plazo. Cada consigna era coreada con un mantra, como si toda la multitud fuera ella sola, un gigantesco cerebro que decide el futuro. Todos los edificios de la Universidad de San Fernando habían sido tatuados con las mismas consignas de mayo del 68 pero en idioma sindicalista criollo. Moris Ackerman, megáfono en mano, encaramado en una improvisada tribuna, arengaba al universo hinchando las venas del cuello y su voz retumbaba en la concha acústica que hacen los edificios que rodean la plazoleta. Amaba la voz sincera y sufriente de Anna Korman, me sacaban de quicio las consignas elenas de Vicki Doneys. Nunca oí hablar a Jalisco. Creo que a esa hora driblaba de una a otra canasta en la cancha solitaria de basquetbol. El grito colectivo casi siempre entra en contradicción con el espíritu de un artista solitario. Leonardo da Vinci decía: Si una persona grita, es porque no tiene la razón. A mí no me gustatener la razón porque me basta con la incertidumbre. Y no puedo entender ¿a cuenta de qué debemos suspender los ensayos del Réquiem Litúrgico que compuso el Maestro Simar en memoria del fundador del Conservatorio, el Maestro Antonio María Valencia? ¿Por qué debemos interrumpir la voluptuosidad auditiva y renunciar a tener acceso al teclado donde se esconde el Santo Grial de la Armonía? ¿Por qué debemos vernos privados de una experiencia irrepetible viendo y viviendo cómo el genio del Director era capaz de labrar el milagro, de construir un espectro sonoro inefable que hiciera temblar por un instante los cimientos de la verdad mirándose de cuerpo entero en el espejo? “¡Oye, profundo eco...!” Eso no significa nada para ellos. La urgencia inaplazable de la revolución impide cualquier acción diferente al conflicto. Excitar la ira colectiva es muy fácil, pero mantener el control de ese monstruo de diez mil cabezas solo podría hacerlo un verdadero líder. O dejar que la policía domestique al Leviatán. Si se toman el poder miren muy bien que hacen con él. Eviten siempre sembrar dolor.

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